Nuestro siguiente destino en la ruta por la Toscana, sería Pitiglianno. Sergio me había hablado muy bien de él, contándome que era uno de los pueblos más bonitos no solo de la Toscana, sino de toda Italia.

Pitigliano o conocido también como “la pequeña Jerusalem” (por la concentración de judíos en el siglo XIX),  es un pequeño pueblo de la Toscana, de la provincia de Grosseto. En él actualmente viven unos 4200 habitantes y se puede recorrer su centro histórico en un par de horas.

Está situado sobre una montaña de toba volcánica o también conocida como “Tufo volcánico” de ahí que haya carteles cuando te vas acercando al pueblo que indican “La ciudad del tufo”.

Mi primer pensamiento cuando pude ver este pueblo desde la lejanía, cuando todavía ni tan siquiera había puesto un pie en él, fue de qué razón no le faltaba a Sergio para considerarlo uno de los pueblos con más encanto de toda Italia.

La carretera que te lleva a Pitigliano rodea el pueblo, y tiene un mirador desde el cual se puede contemplar toda su extensión y la impresionante construcción que se llevó a cabo para alzar esos muros y edificios sobre el tufo volcánico o toba.

Habíamos reservado una casa en airbnb, pero hasta la tarde no podíamos entrar, así que decidimos aprovechar el tiempo para dedicarlo a dar un primer rodeo por el centro.

Aparcamos el coche a las afueras, buscando zona gratuita y así no tener que pagar el correspondiente ticket. Una vez dejamos el coche a buen recaudo, empezamos a caminar, ya que es la mejor manera de poder conocer un lugar.

Entramos por la “porta della Cittadella”, encontrando a nuestro paso el “Medicean Aqueduct” desde el cual podías apreciar unas vistas espectaculares y un tanto vertiginosas. Paseamos pegados al acueducto durante un rato hasta que llegamos a la “Piazza della Repubblica”, donde encontramos la “Fontana delle sette Canelle”.

Tras este descubrimiento, y habiendo observado los diferentes restaurantes que íbamos encontrando a nuestro paso, decidimos parar a degustar comida local en un restaurante-bar situado sobre el mismo acueducto.

El restaurante se llamaba “La cantina Incantata”, no tienen carta de platos calientes, solo sirven embutidos y tienen un único plato del día casero. Nosotros nos decantamos por dos copas de vino tinto local y la lasaña del día de jabalí. Todo nos salió por 20€.

Aprovechamos que hacía un poco de sol y calor para hacer tiempo mientras nos avisaban de que ya podíamos personarnos en la casa que habíamos alquilado. Una vez allí, dejamos nuestras cosas, y nos dispusimos a descansar hasta entrada la tarde, cuando decidimos volver de nuevo al centro, perdernos por sus calles y contemplarla desde uno de los miradores que hay.

Pronto disfrutaríamos de uno de los atardeceres más espectaculares de la Toscana, observando como el sol desaparecía entre los tufos y las casas de Pitigliano, una especie de Cinque Terre “estilo medieval” que nos dejaba sin palabras…