La subida a la parte alta del puerto de Athinos no fue tan sufrida como imaginaba, por fortuna la carretera estaba bastante bien y era lo suficientemente ancha como para no temer poder sufrir una caída a cientos de metros de altura…

Vistas desde lo alto de los acantilados

Siendo Grecia un país Europeo, podíamos contar con el roaming de datos y utilizarlo para con google maps, poder llegar a nuestra pensión llamada St Georges en el pueblo de Perívolos, en la parte sudeste de la isla.

Poco más de 15 minutos separaban ambos puntos, con lo que muy pronto pudimos reposar nuestras maletas y hacer el checkin para comenzar a descubrir la isla. Nuestra primera parada sería la cercana playa de Vlichada, una de las más bonitas y reconocidas del lugar…

Nos separaban escasos kilómetros de allí, pero nuestra intención estaba lejos de pararnos a saborear sus aguas ya que no estábamos en Santorini solo por sus playas. Tendríamos diferentes ocasiones no solo para fotografiar su costa y las maravillosas formas de sus acantilados, sino también para sumergirnos en aquel mar que, en playas como esta de Vlichada debido al color negro de su arena, parecía sacada de otro planeta.

Playas de arenas negras y rojas nos esperaban

Tras una breve parada, hicimos una rápida ruta en uno de nuestros mapas de la isla, comprendiendo que teníamos unas 4 horas a disposición antes del atardecer y aceptando que, estando en la parte sur de la isla, dedicaríamos el resto del día a descubrir esa zona. Nuestra siguiente parada sería el pequeño pueblo de Emporio, después iríamos a otro reconocido lugar llamado Megalochri, para terminar en uno de los más bonitos rincones, el pueblo de Pyrgos y dirigirnos antes del anochecer al único faro de la isla desde el que observaríamos el atardecer, en la punta más al sur, en un cercano poblado llamado Akrotiri.

Emporio sería el primer poblado que visitamos, un lugar que pensábamos no tendría mucho que ofrecernos, pero nos equivocábamos…

Aún sin ser uno de los pueblos famosos de la isla, Emporio era un pequeño rincón que podía resumir buena parte de las maravillas que encontraríamos en este rincón del planeta. Su enclave no era el mejor ya que, ni estaba ubicado en un acantilado sobre la caldera como sucedía en los casos de Oia, Fira, Firostefani, Inmerovigli e incluso Akrotiri, ni en una de sus más grandes montañas como sería el caso de Pyrgos, pero si era una mezcla de ambas realidades con un poblado al más puro estilo de Santorini.

Callejeando por el poblado de Emporio

Nada más llegar, aparcamos en la zona baja del pueblo observando que existía un gran número de restaurantes y supermercados que seguramente nos ayudasen a abaratar el curso del viaje. Tras ello, subimos la pequeña colina hacia las cuidadas y coloreadas casas que formaban este bonito rincón.

Pequeñas y angostas callejuelas, nos introducían en el corazón del lugar descubriendo ante nosotros una especie de ciudad laberinto en la que los colores de las casas parecían diferenciar sus partes o barrios. Si en un inicio todo cuanto nos rodeaba parecía ser de un blanco resplandeciente, más tarde el color de los muros pasaría al verde para terminar en amarillo, y por el camino, ningún turista y muy pocos lugareños nos hacían saborear uno de los rincones más tranquilos de la zona y disfrutar de sus bonitas callejuelas.

Algunos minutos y muchas fotos después, decidimos continuar la aventura acercándonos a otro de sus poblados menos turísticos, Megalochri.

Llegamos a su parte alta e inicialmente intentamos adentrarnos en su interior con el coche, pero observando sus empinadas y estrechas calles empedradas, decidí desistir en mis intentos y aparcar el coche en una zona situada en la cima del pueblo.

Tras no encontrar dificultades en ninguno de mis distintos intentos de aparcamiento en Vlichada, tampoco en Emporio ni en Megalochri, acepté que una de las muchísimas bondades de este país era que no debías dejar un duro en parkímetros y podías dejar el coche casi en cualquier lugar sin que molestase a nadie, una forma de ser y sentirse libres que me parecía genial y maravillosa, tanto para sus gentes como para los turistas que visitaban el país.

Una vez a pie, bajamos la empedrada cuesta que mostraba un bonito y muy cuidado poblado, bastante menos laberíntico y particular que Emporio, pero también precioso en su distribución y decorado, en el que bonitas casas blancas amurallaban un camino que descendía hasta una bonita plaza con una enorme iglesia bizantina, una especie de centro donde parecía discurrir la mayor parte de la vida del lugar, donde también los pocos turistas que allí se encontrabans disfrutaban de cenas o aperitivos en los distintos bares y restaurantes  de ese coqueto centro histórico.

Campanario de la iglesia de Megalochori

Aprovechamos para estudiar los diferentes menús y hacernos una idea de los precios que podíamos encontrarnos. Pronto aceptamos que había de todo y bien podías dejarte un pequeño ojo de la cara, o disfrutar al parecer buenos platos, por muy poco dinero…y como no teníamos hambre pero si algo de sed, nos dirigimos a un pequeño mini market a hacernos con unas cervezas Alfa, mítica cerveza 100% griega, y disfrutarlas desde la comodidad de un banco en la bonita plaza pegada a su iglesia.

Refrescados y encantados con lo que íbamos descubriendo, decidimos dirigirnos a una de sus cercanas maravillas de Santorini, el pueblo de Pyrgos, situado en un enclave especial, en lo alto de la montaña más alta de la isla…

Pyrgos, uno de los rincones más bonitos de Santorini