Salimos temprano hacia Volterra, no sabíamos muy bien que esperarnos pero pronto descubiríamos un pueblo increíble con un encanto tan extraordinario, que te deja atónico.

La preciosa Volterra desde las alturas

Prácticamente desde que pisamos este poblado nuestras miradas se cruzaron haciéndonos entender que este seguramente sería uno de los ríncones preferidos de nuestra ruta por Italia, tal vez el rincón que más gratamente llamaría nuestra atención.

Aparte del color rojizo de sus muros, el empedrado que contiene su historia, la característica medieval de sus edificios y sus preciosas y elevadas torres, Volterra también tiene un teatro Romano perfectamente conesrvado, infinitas calles y callejones e incluso una preciosa plaza con un mirador a las cúpulas, torres e iglesias.

El teatro Romano de Volterra

Dentro de una de las iglesias se encuentra una fuente en el centro de la misma, y banquetas que la rodean, como si se tratara de una especie de altar.

De todo lo que pudimos ver de este diminuto pero precioso poblado, lo que más nos gustó fue la plaza y el color que predomina en las piedras de todos los edificios que componen este lugar, como si se tratara de un inmenso castillo que contiene la ciudad.

Tras el descubrimiento de Volterra y disfrutar entre sus callejones, pusimos rumbo a San Gimignano, pueblo conocido también como la “Manhatthan de la Edad Media” debido a las torres tan enormes que contiene.

San Gimignano, la Manhattan de la Edad Media

Como en todos los cascos históricos es imposible aparcar, así que dejamos el coche a las afueras y empezamos a recorrer todo el centro a pie.

La plaza es lo que más nos gustó como nos pasó anteriormente en su vecina Volterra, en ella encontramos un pozo, y a los alrededores restaurantes y dos heladerías en las que según dicen, hacen el mejor helado del mundo.

La Piazza della Cisterna de San Gimignano

Como se acercaba la hora de comer, paramos en un restaurante próximo a la salida del centro histórico, donde al igual que la distancia que distaba del núcleo histórico, los precios se alejaban también, haciendo que pudieras encontrar menús o platos por algunos euros menos de los que se encontraban a escasos metros de la plaza.

Aquí elegimos una pizza margarita y una ensalada caprese, acompañadas como no, de un buen vino tinto de la casa.

Tras la más que necesitada degustación, decidimos que el mejor plan sería partir hacia la habitación que teníamos para esa noche en una casa rural a las afueras de San Gimignano.

Descansamos y una vez espabilados y con las energías de nuevo renovadas, regresamos de nuevo para adentrarnos en el centro histórico, la diferencia, es que esta vez lo haríamos de noche.

El lugar era exactamente el mismo, pero la oscuridad, las luces que iluminaban las piedras de los muros y el escaso turismo que invadía aquel lugar, hacía de aquella experiencia algo especial.

Volvimos a un punto donde habíamos estado durante el día, las escaleras junto a la Catedral que hay en la Plaza del Duomo justo enfrente de la gran torre, donde se pueden divisar todas los otros torreones que se alzan hasta el cielo.

Plaza del Duomo de San Gimignano

Allí nos quedamos disfruntado un largo rato, en silencio y prácticamente a solas, pero un sonido ensordecedor que provenía del estómago de Sergio hizo que ese momento se viera pausado para ir en busca de algo de sustento que nos ayudase a calmar el hambre.

Teníamos cena para degustar en nuestra habitación, un poco de queso, uva y buen vino, pero Sergio no pudo resistir y comenzó por degustar uno de los mejores helados del mundo…

Con un genial sabor de boca nos despedíamos de dos de los poblados con más magia de Italia, seguramente dos de las perlas de la región italiana de la Toscana.